Acabo de enterarme de la muerte en Connecticut de Arthur Miller (Nueva York, 1915), que fue, junto a Tenesse Williams y Eugene O´Neill, el mejor dramaturgo norteamericano. Miller mantuvo siempre una posición crítica en su propio país que le creó innumerables problemas, especialmente en la etapa oscura del macarthismo. Fue interrogado por el Comité de Actividades Antiamericanas en 1956, acusado de comunista y condenado finalmente por desacato, aunque posteriormente sería absuelto.
Pero no hay que remontarse tan lejos. Durante los últimos años, los escenarios importantes Estados Unidos, o le dieron la espalda, o él se la dio a ellos. Con este olvido voluntario y culpable, Broadway se manifestó como un lugar exclusivo para los negocios, una gigantesca empresa del espectáculo en donde las voces realmente críticas casi nunca han tenido espacio de expresión. Por eso, sus últimas obras pasaron prácticamente desapercibidas, siendo estrenadas, en el mejor de los casos, en circuitos alternativos, en Universidades y por compañías independientes, con algunas excepciones. Esta anomalía constituye toda una denuncia sobre las peculiaridades existentes en el seno de la sociedad del país más rico e influyente de la tierra.
De Miller nos quedarán para siempre algunos títulos emblemáticos: Todos eran mis hijos (1945), Muerte de un viajante (1949), Las brujas de Salem (1953), Panorama desde el puente (1955), Después de la caída (1963) Incidente en Vichy (1964), El precio (1968) o El arzobispo (1977) y otras, que, además de describir minuciosamente una sociedad norteamericana repleta de injustas paradojas, establecían las bases de una nueva forma de “tragedia contemporánea”, escrita teniendo en cuenta algunos postulados del propio Brecht.
Miller nos presenta en ese teatro extremadamente bien construido, personajes extraídos de la realidad social de su país (inmigrantes, trabajadores, hombres de negocios con pasados turbios, víctimas de las circunstancias, etc) que finalmente representan el lado oscuro del llamado sueño americano, edificado a partir también de la inmoralidad, la explotación y la ignominia. Personajes estilizados finalmente hacia una forma de realismo reconocible, con un marcado carácter de revelación y de denuncia social y política.
En España hemos visto recientemente una versión de “Panorama desde el puente”, con puesta en escena de Miguel Narros, que consiguió varios Premios Max de las Artes Escénicas, y otra de “La muerte de un viajante”, a cargo de Juan Carlos Pérez de la Fuente en el Centro Dramático Nacional. Hace bastantes años aquel mítico programa televisivo “Estudio 1” emitió una versión de esta última obra que muchos recordarán todavía con cariño.
Arthur Miller contrajo matrimonio en 1956 con la actriz Marilyn Monroe con la que vivió hasta 1961. Además de escribir para el teatro, es autor de varias novelas y relatos. Recibió el Premio Pulitzer en 1949, El Premio del Círculo de Críticos de Teatro de Nueva York, y en nuestro país el Principe de Asturias en 2002.
Hoy el teatro está de luto. Pero también debemos estarlo todos los ciudadanos que, como él, luchamos todavía en todo el mundo por las libertades políticas e individuales y, en concreto, por la libertad de expresión de las ideas.
me uno a vuestro pesar siento que se vayan aquellos que nos aportan tanto.
porque son y serán siempre imprescindibles para todas las bibliotecas y para todos los escenarios.besos zucco
Publicado por: jimena | febrero 14, 2005 en 11:30 a.m.
Miller necesitaba un homenaje!
un saludo
juan re
Publicado por: juan re | febrero 13, 2005 en 11:02 a.m.
Recuerdo bien aquellos magníficos y añorados "Estudio 1", en los que estupendos actores representaban obras de teatro inolvidables.
Creo que más que luto y dolor, hoy deberíamos sentir sobre todo agradecimiento a los seres que, como Miller, han dedicado una larga, larguísima vida a ser coherentes con su lucha por la libertad.
Ser recordado por algo así me parece el mejor homenaje que un ser humano puede recibir.
Besos irisados.
Publicado por: Iris | febrero 13, 2005 en 10:10 a.m.
durante el macarthismo, durante la caza de brujas (no sé si se debe a él la denominación, por su obra «las brujas de Salem», o es al revés), además, fue de los que se negaron a delatar a compañeros a cambio de una cierta tranquilidad para ellos, soportando no sólo la presión del Comité sino también de mucha gente cercana a él, una posición que además de valiente, seguro que no es y no fue comprendida por mucha gente. Ha muerto, pues, una persona inteligente, comprometida y valiente, desde mi punto de vista. Mi particular recuerdo consistirá en releer algunas de sus obras este fin de semana.
Por cierto, mencionas a Tennesse Williams, no puedo dejar de decir que es de mis favoritos, el zoo de cristal, el tranvía o la gata pueden ser de las obras que más veces haya leído.
Un abrazo.
Publicado por: PrincesadelGuisante | febrero 12, 2005 en 07:48 p.m.
Gracias por tu comentario. Yo también lo admiraba. Me gusta tu estilo de escribir, porque un día eres serio y el otro estás de coña. ¿cuál eres de los dos? Sandra.
Publicado por: Sandra | febrero 12, 2005 en 07:17 p.m.